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San Juan Bautista: Volver a lo esencial

Una interesante reflexión sobre el mundo de hoy, prioridades, valores y necesidades expuso el padre Osvaldo Fernández de Castro en su columna El Evangelio Hoy, del  diario El Mercurio.

En ella plantea que la cultura en la que vivimos nos lleva a pensar que lo podemos controlar todo. Sin embargo, lo fundamental, que es la vida misma, trasciende a nuestras capacidades y la experimentamos como un regalo de Dios.

A continuación te invitamos a leer la columna del domingo 24 de junio:

Juan Bautista: Volver a lo esencial

La liturgia de la Iglesia celebra el día de hoy el nacimiento de Juan Bautista, el cual nos deja importantes enseñanzas para nuestras vidas. Juan es tal vez el santo más importante de la tradición cristiana, después de la Virgen María, cuyo culto se remonta al siglo I. Su nombre debe ser el que más se repite entre los nombres cristianos. Su devoción, a pesar de no haber hecho milagros, es de las más extendidas en nuestra Iglesia. Y su figura es llena de simbolismos que iluminan nuestra vida y nuestro momento presente. Comentemos algunos de ellos.

El nacimiento de Juan se celebra desde el siglo IV, en el solsticio de verano para el hemisferio norte, resumiendo el sentido de su propia vida: así como la luz del sol comienza a disminuir, y desde entonces los días son cada vez más cortos, la tarea de Juan Bautista será anunciar a Jesucristo y, como él mismo dice, debe “disminuir para que Él crezca”. Juan nos enseña la clave de la evangelización cristiana desde sus inicios: ser meros instrumentos para anunciar a Cristo.

Su nacimiento, de padre ya anciano y de mujer estéril, nos habla de que la vida misma es un regalo de Dios al mundo. La cultura en que vivimos nos lleva a pensar que lo podemos controlar todo. Sin embargo, lo fundamental, que es la vida misma, trasciende a nuestras capacidades y la experimentamos con un de Dios. Así, no solo brota en nosotros una actitud agradecida por el don de la vida, sino que también surge una actitud de apertura hacia la vida del otro. Siempre debemos estar abiertos a la novedad que significa la acción de Dios en nuestras vidas. Contra la desesperanza, la acción de Dios siempre nos sorprende y es vida para todos.

Juan se retira de niño al desierto y así se prepara para su misión. El desierto es un lugar apartado, deshabitado, es el lugar del silencio donde surgen las interrogantes más importantes de nuestra vida. Es signo de la vuelta a la espiritualidad, a lo esencial de la vida. El ajetreo cotidiano, el ritmo de la ciudad, nos hace dedicarnos a lo urgente y nos impide ver lo verdaderamente importante. Juan Bautista nos muestra otro camino: hay que detenerse y mirar el corazón. En el silencio del corazón aprendemos a escuchar la voz de Dios.

En la reflexión que hace el Papa Francisco sobre nuestra Iglesia chilena, no invita a ser cristianos auténticos, adultos en la fe, corresponsales del quehacer eclesial. Y el camino que propone consiste en poner a Cristo al centro de nuestra vida y de nuestra Iglesia. En Juan Bautista reconocemos un camino de preparación para volver a lo esencial. Es el camino del corazón, del silencio, donde aprendemos a escuchar a Dios y a reconocer lo verdaderamente importante.

Incluso en nuestra Iglesia vivimos un ritmo de vida lleno de cosas poco importantes que ocupan gran parte de nuestro tiempo y preocupaciones. También nos hemos dejado influir por criterios mundanos, como el poder, la búsqueda de la riqueza, la manipulación del otro y los abusos. Es tiempo de detenernos, ir al desierto de nuestra vida, emprender el camino hacia el corazón, reencontrarnos con Cristo presente en el silencio de la oración y en la caridad con el hermano necesitado. Es tiempo de volver a lo esencial y desde ahí prepararnos para volver a anunciar con fuerza a Cristo.